27 enero, 2013

Apuntes Genealogía de la Barbarie (egreso UFT 2012)


Desde el comienzo Genealogía de la barbarie habla de una violencia solapada, una brutalidad fundacional y subyacente sobre la cual se cimenta la sociedad de nuestro país. Los espectadores son invitados por la familia de Catalina e Ignacio a la gran farsa que constituye la fiesta familiar y que no solo los vuelve partícipes de la puesta en escena, sino que también delata su inscripción en un cruento juego de enmascaramientos: el público acepta “tomarse la foto” con sus anfitriones, ignorando que así legitimiza su pertenencia (o subordinación) a una fachada, imagen idílica que disimula cínicamente la barbarie.
Pero inmediatamente los invitados asisten a la develación. Bajo el retrato familiar se emplaza un Santiago escindido, escenario compuesto de dramas y traumas múltiples que constituirán el antecedente de una violencia inédita y altamente catastrófica. No es coincidencia que las instalaciones que presentan a cada personaje giren eternamente sobre sí mismas: la repetición anticipa la imposibilidad de cualquier escape, la involución inminente y el fallo de cualquier proyecto. Como bien dijo Severo Sarduy, la repetición expresa la búsqueda “de ese objeto para siempre perdido, pero siempre presente en su engaño”. De ahí que las problemáticas en las que se inscriben los sujetos estén definidas por el fracaso de distintas formas de productivización: la entrada a la adultez, la independencia del padre, la escritura de una crónica, el esclarecimiento de un crimen, etc.
Genealogía de la barbarie, entonces, constituye una invitación a aquello que se esconde, al pre-texto, a las bambalinas de la Historia y del poder. Éste último queda simbolizado en la familia de Catalina e Ignacio y particularmente en la figura del Padre y su histérico afán por normar toda subjetividad. Desde esta lectura, la escena de la comida familiar cobra real importancia en tanto aparece como un espectáculo caníbal, un ritual doméstico que traslada la violencia social a la sobremesa. La atmósfera que rodea a las torturas efectuadas por el Padre ingresa al ámbito privado, gatillada por la noticia de la homosexualidad de Ignacio, condición que altera el ideal paterno: la sodomía no genera hijos.
Este no es el único caso en que el núcleo familiar es devastado por la barbarie. Paralelo al caso de Ignacio, encontramos a Mahuán y María, dúo que también ejemplifica la violencia transversal a la que se supeditan los múltiples dramas y que, como puede verse, afecta a la totalidad social. Sin embargo, no debemos pensar el reencuentro de madre e hijo como un triunfo sobre la violencia. La reunión final se constituye solo como una experiencia fantasmática, una representación febril condenada a ser engullida por el basural y el desierto de los desaparecidos. Por su parte, la muerte de Mahuán tampoco deviene en un escape de la barbarie sino que, más bien, confirma su ausencia: el asesinato del joven reafirma su pertenencia a un no-lugar, al ámbito de los espíritus y la metaficción creada por los otros personajes (el recuerdo de María, lo escuchado por Alicia, el delirio alcohólico de Alón).

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