16 mayo, 2013

"Ruido" o ejercicios de psicofonía en la provincia chilena


El comienzo de Ruido (Alfaguara, 2012), última entrega de Álvaro Bisama, está marcado por una imagen que se remeda a sí misma: es el rostro de Miguel Ángel Poblete, joven villalemanino famoso en los 80 por mantener contacto con la Virgen y que años más tarde cambiaría de sexo para responder al nombre de Karol Romanoff. Como un ícono kitsch, un documento de hierofanías pirata, el stencil detona una novela que busca colarnos en los entretelones de lo humano y lo supuestamente divino.
Lo significativo de dicho grafiti trazado en pintura flúor radica en que logra perfilar la naturaleza de toda la narración: en contra de la falsa reliquia, Ruido intenta esclarecer los avatares de un cuento chino extraviado en los años de la dictadura. No solo. Si las diversas voces que convergen en la novela enuncian la historia del supuesto vidente también es con el fin de dar lógica a una juventud trastocada, insomne a la espera de una violencia que no llega y solo se presiente en el ruido. Así, el texto de Bisama se vuelve la reedificación de un mensaje mistérico, un ejercicio de psicofonía que busca completar “ese puzle ajeno que también es el enigma del decorado de nuestra infancia” (157). En virtud de esto, la novela funciona como un álbum de viñetas y fotografías veladas, construido a imagen de los cuadernos que llevaron los seguidores del vidente. En ambos casos, el registro intenta explicar la cronología confusa de aquellos años, sortear la interferencia y dar forma a lo que justamente fue construido desde la deformación: la Pasión de un niño que aspira pegamento para contactarse con la divinidad y que tras años de manejar el silencio y la superchería, se volverá la identidad menos sólida en esta parábola de fantasmas.
Pero la historia que se nos presenta es una historia trunca. Este es un milagro que no cuaja por completo, no porque la memoria a la que apela se encuentre interrumpida por sus diversas versiones, el punk y la ciencia ficción, sino porque el autor pierde el norte aturdido por las dimensiones de tamaño evangelio. Hacia el final de la novela la crónica se desmenuza y el ícono fluorescente pierde su fuerza cual sudario percudido: el testimonio de una mujer ante un periodista, la escritura de una canción y la posibilidad de una película filmada en el pueblo hacen que, en palabras del mismo autor, la anécdota del niño santo devenga “el telón de fondo de la historia” (166). Con ello el milagro de Bisama se desvanece y, sacados a la fuerza del vía crucis travesti de Miguel Ángel, quedamos convencidos de que no solo en cuestiones divinas quien mucho abarca poco aprieta.