19 junio, 2014

Pierre Molinier, o el sórdido encuentro de una muñeca y un strap-on sobre la mesa de montaje


Poco es decir que Pierre Molinier (1900-1976), fotógrafo, pintor y poeta, alteró la realidad del sexo a través de su cámara. Más justo sería parafrasear a Jean Baudrillard y decir de él que siempre veló por destruir el orden de Dios. Como la seducción misma, el arte de las apariencias. Y es que su obra fue un intento por recuperar lo andrógino como un más acá del cuerpo, de su cuerpo, un estado anterior a las fronteras entre lo masculino y lo femenino.
En sus retratos, la máscara y el maquillaje –como la presentación del ano, ojo y órgano (a)sexual universal– ayudaron a disimular la identidad biológicamente masculina del autor. De ahí su elección por la estética sadomasoquista y el travestismo, considerado como equívoco o torsión de cualquier sexualidad legítima. Junto a la utilización del fotomontaje, el disfraz permitió a Molinier recrear una anatomía indefinida y monstruosa, basada en la transgresión y en una puesta en escena perversa. Escapando al orden ingenuo de lo mal llamado “natural” (e incluso de lo "humano"), el francés utilizó el collage en pos de la multiplicación del fetiche y la hipertrofia del cuerpo. Como se evidencia en su libro Le Chaman et ses Créatures, la proliferación de las extremidades transfiguró el objeto pornográfico en quimera, acercándolo más al esperpento de laboratorio que seduce por su hibridación, que a los ideales eróticos de su tiempo.
Sin embargo, en Molinier la promesa de la androginia pasó más por el reemplazo del pene que por el travestismo. Frente a la idea de un sexo fijo y determinado, negar el miembro debe entenderse como una estrategia de subversión desde el momento que aquél es canjeado o depuesto por el dildo. La prótesis o godemiché supera al natural tanto en efectividad –allí donde siempre erecto escapa de cualquier disfunción–, como en su capacidad de cuestionar la genitalización del goce. En palabras de Beatriz Preciado, autxr de El Manifiesto contrasexual, el dildo reconfigura la parcialidad de lo erógeno, poniendo en cuestión “la idea de que los límites de la carne coinciden con los límites del cuerpo”.
Ejemplo de ello fue su “Autoportrait avec éperon d'amour” donde, en una procaz operación de recorte, el pene es trasladado a través del cuerpo hasta convertirse en espuela, o espolón de amor. Como si respondiera al psicoanálisis, la amputación de Molinier demostró que la castración no es tanto el final trágico temido por los hombres, sino el prólogo de una nueva gama de posibilidades sexuales. Las piernas enfundadas en encaje se convertirán así en falo, rizando el rizo de lo ya erótico por antonomasia y poniendo de relieve la anatomía erógena de una creatura imposible: una identidad prohibida surgida de lo que pareciera ser el encuentro sórdido de una muñeca y un strap-on sobre la mesa de montaje.