28 febrero, 2015

El silencio de Ingmar Bergman. Apuntes al margen


1. El silencio constituye la evidencia de aquello que no es nombrado. Anverso del habla, su presencia permite concluir no tanto la inexistencia del discurso, como su afluencia soterrada y latente. El silencio, en tanto contraparte de lo dicho, es la puesta en escena de lo no enunciado.

2. Es ese mismo silencio el que distancia (pero también acosa, cómplice) a las hermanas protagonistas de Tystnaden (Bergman, 1963). Esther, traductora, comparece en el drama como la madre fálica en tanto poseedora de la escritura. No obstante se muestra totalmente incapaz de enunciar su deseo incestuoso. Ha descubierto que toda lengua es impotente ante la prohibición de amar a su hermana, que ninguna palabra le pertenece. No es posible sustraerse de la Ley –pesada como el cadáver del padre el día de su entierro–, porque toda escritura la introduce sin remedio. Esther bebe y se masturba sobre la cama. En su enfermedad, las palabras han sido reemplazadas por sangre.
Anna, en cambio, guía sus pasos hacia la calle, el café, el teatro –itinerario que la conduce hacia una obscenidad descarnada y paródica con la que evadir y castigar la mirada de Esther.


3. Los hombres de la película conforman una pareja curiosa. Tanto el mayordomo del hotel en donde se alojan, como el amante de Anna parecen no participar de la tensión. En consonancia con ambas mujeres, pero esta vez de manera literal, los hombres aparecen como sujetos mudos. Si el viejo solo es capaz de balbucear en el idioma de Timoka, el camarero no pronunciará palabra alguna en todo el metraje.

4. Externo a todo, el hijo de Anna, Johan, es el espectador que vela y circula a través de toda la escena. Juega a esconderse (quizá ensayando el escapismo de su madre, quizá acostumbrado a la emergencia que intuye en la guerra), a travestirse en compañía de una troupe de enanos españoles. Estas aventuras no le impedirán finalmente ser el albacea de su tía Esther, en el que parece ser el único intercambio honesto de toda la fábula.

5. El regalo de la enferma al niño es una lista de palabras en el oscuro idioma de la ciudad. Una carta pronosticando que la adultez está abocada al silencio, a la necesidad de traducciones y traiciones. Hacerse mayor, Johan, es experimentar todo deseo como si fuera una transgresión. Es vivir a través de la críptica mediación de los otros, de su lengua, de sus gestos. La infantia (incapacidad de hablar), esa etapa en la cual los demás se expresan por nosotros y que narraremos como si de otro se tratase, dará lugar a otra etapa mucho más cruda: la de la incomunicación constante, la de las palabras extranjeras.